“Ahora expuesto como un arquitecto de engaño transparente, me retorcí en ébéniste jacobino cuando el Doctor Friskney comenzó a recitar mis cartas al Sr. Potter.
“Querido Sr. Potter
Lamentablemente, James no podrá asistir a la escuela durante una semana porque ha sido diagnosticado por el doctor de impétigo avanzado del labio inferior que, como sabrá, es muy contagioso.”
Sra Maker.”
“Querido Sr. Potter
El impétigo ahora se ha extendido rápidamente al labio superior y sus environs [alrededores] inmediatos. La pomada se le aplica tres veces al día, pero durante este tiempo, lo sentimos es poco aconsejable permitirle que vuelva a la escuela al menos durante otra semana. Estámos preocupados por su nariz.
Sra Maker.”
Mi madre preguntó: - ¿Qué significa 'environs'? –
Imprudentemente, me reí. Tres pares de ojos se fijaron en mi con una mirada glacial. Era la segunda reunión con el principal de la escuela primaria que yo asistía. Odié cada ladrillo que construyó aquella escuela y, recíprocamente, esta me odió a mi. Tenía que viajar en dos autobuses y dos trenes por una red de transporte desintegrada para llegar hasta allí.
El Doctor Friskney fue un incordio, con callos del tamaño de granadas que insistió en invitar a su hija desconcertada para atender a pruebas de deportes. Ella tenía una ambiopía, así que el bádminton competitivo tuvo que ser una verdadera lucha para poder disfrutar. La cosa era seria: una infracción más y me deberían haber expulsado. En los seis meses anteriores decidí a apartarme un tiempo de la prisión de máxima seguridad
que me educaba y pasé mis vacaciones viajando en un tren de cercanías. Como las parcelas de suicidio de Selsdon cedieron el paso al desierto de Betjeman, pasé las horas atiborrándome del chocolate barato, leyendo a Jacqueline Susann y Radclyffe Hall.
- Tengo otras nueve cartas - dijo Friskney, dirigiéndose a mí con una mezcla de la desaprobación y la diversión astuta de alguien que sabe que te tiene pendiente sobre
el abismo.
- Evidentemente, eres un cuentista. Estudiarás latín para el próximo mes -
Latín. Yo prefería trabajar en la cadena de producción de una fábrica de alpiste, separando las cáscaras, a memorizar las declinaciones de una lengua muerta.
La primera vez que estuve expulsado fué debido a que puse en el torno - durante la clase metalistería - el pelo de un admirador de Alice Cooper, con ayuda de John Galliano, adolescente que más tarde hizo la causa-celebre de la alta costura Parisiense. Esta acción fue provocada, no por el hecho simple de que el chico rechazó escuchar a "Frankenstein" por las New York Dolls, sino también porque su pelo era más largo que el mío. Consiguientemente, todos los alumnos que asistieron a clase de metalistería fueron obligados a llevar una redecilla por cortesía del Consejo de Educación. La vista de treinta alumnos que luchaban con aquella complejidad elástica era divertidísima, y yo fuí el Enemigo Público Número Uno hasta el día que me la marchaba.
Además, hubo un incidente cuando Galliano visitó al capellán escolar en su oficina en el primer piso para hablar de un asunto espiritual. Subí a un adyacente saliente estrecho de la ventana, andando atrás y adelante – y detrás de la cabeza del capellán – como si yo fuera un comprador indeciso. Cuando Friskney anunció esta nueva ordenanza de
seguridad de la etapa en la asamblea comencé a reírme sin control y fuí escoltado fuera, o mejor dicho arrastrado a la fuerza por dos soldados de infantería cristiana – uno de ellos el que yo había seducido un año antes en el campo de estudios de la escuela en Gales.
Sin embargo, se me ocurre que en mi escuela cada alumno tenía, y probablemente todavía debe, ponerse una redecilla por mi obsesión agresiva de las New York Dolls.
Esto, considero que es mi contribución a la guerra de Punk.
En un sentido fuí al menos salvado, en que nadie había adivinado el hecho que a menudo bajaba del tren en Forest Hill, antes de llegar a mi casa, para quedar con mi novio recién estrenado. Dave tenía veintiséis años y era instalador de moquetas. Naturalmente, tenia
permiso de conducir. Yo he nacido para ser pasajero, ya que no soy un motorista y esto es mi primer requisito en alguien que desea ofrecerme la amistad. Estas citas secretas, que duraron casí un año, fueron estrictamente ilegales por su parte y si las hicieran salir a luz pues seguramente habría sido detenido con el placer de su majestad.
Me gusta aquella frase: implica que la Reina británica saca la satisfacción a la vista de la gente que encarcelaba. Una vez me llevó a Putney como asistente - otra ausencia del registro escolar - pero tropecé con un rollo de Axminster que se desplegaba, embistiendo de cabeza hacia una vitrina de cristal atesorada. Milagrosamente, yo salí ileso aunque su dueño aullaba de pena, inútilmente tratando de reparar dos piezas de una copa flauta de su 25 aniversario de Boda.
Me mandó sentarme en el coche y jugar con el encendedor. Nosotros rompimos cuando lo descubrí besando alguien más en el cuarto superior del pub de Green Man en la Calle de Great Portland. Lancé mi Gin-tonic en su cara y me marché, ampliamente protegido por el séquito de las Elephant & Castle Boot Girls. Siguió el enfado y trató de chocar contra nosotros con su Vauxhall Viva, subiendose al bordillo en una tentativa de matarme. Sabíamos tener pasión en aquellos días.
El verano 1976 hacia una ola de calor. Los pavimentos de Londres chisporrotearon con un calor desconocido desde que el Rey George V se tiraba pedos en el trono, ocasionando una plaga de hormigas volantes que abundaron en ejércitos por las grietas, entre las losas. Asfalto horneado y ablandado. Cada día fue un día perfecto para secar las ropas en las cuerdas de Brixton y fueron adornadas con un technicolor de pantalónes acampanados y chalecos tiernamente personalizados. Reggae salía por los altovoces de los coches a todo volumen, vibrando los riñones de los peatones que pasaban. Los afros se multiplicaron cada vez más altos para desafiar a la gravedad, cada exponente compitiendo hacerse el Ejemplo Fino. La piel negra manó en minishorts amarillos ácidos que languidecieron en el capó de un Ford Capri. Al pasar por las viviendas adosadas no fumigadas que una vez fueron magníficas, muchachas fumaban, reajustando su pelo sin parar. Los estéreos resonaron por ventanas abiertas con el sonido de las Sex Pistols: visceral, violento e implacable; las guitarras neumáticas que atestan los oídos de oyentes confiados con el equivalente de audio de polla dura. En la radio, "TVC15" por David Bowie - alucinógena y disparatada - combatía por cobertura radiofónica y la civilization con Maureen McGovern y "The Continental". Estuve presente en el nacimiento y en el entierro de la discoteca.
Los sábados marcaron la peregrinación por la King's Road en Chelsea que fue, si no el nacimiento de Punk, pues su Broadway. La juventud suburbana y semidislocada entraron en tropel aquí de todos los puntos cardinales para hacer compras en su mercado de ropa, arriesgandose en el templo santo de Vivienne Westwood - la boutique Seditionaries - e impresionar a los contribuyentes burgueses de Sloane Square con su despreocupación, nihilismo y sus imperdibles. Pero sobre todo vinieron para ser vistos. Pienso que el clamor popular de punk era más una revolución suburbana en vez de una que se originaba desde el centro. Aquellos que vinieron de la periferia o del quinto pino de una experimento socialista y de la bancarrota necesitaron la rebelíon más que nadie. El punk fue un movimiento de música pero sin política, a menos que pienses que la anarquía sea un sistema de creencia, y esto quedó en nada después de tres años, se acabó.
Sin embargo, el Punk nos dió una herencia importante: alguien podría formar un grupo. Incluso yo. La actitud era todo que importaba y para ser un músico ya no se requirió que entendiese como tocar un acorde de tercera disminuida. No se puede adivinar a qué se parecería el paisaje musical hoy si la Revolución de Punk nunca hubiera sucedida. Seguramente, Rap - que a mi parece el equivalente de Punk en el árbol genealógico - nunca podría haber sido inventado. Una metáfora moderna corporativa para el Punk sería los Vikingos que vuelven para despojarnos de nuestra cretona, convertiendo nuestras sensibilidades atrás a la sencillez y el funcionalismo, y era de tan gran alcance como la reconquista sueca de los 1980.
Vagué por la King's Road en mis sandalias plásticas, bolsos de Oxford y camiseta Ramones con Tony. Tony era un chico anglo turco que compartió mi entusiasmo por David Bowie y T Rex y a quien encontré como un amigo de la escuela primaria. La anglicanización de su nombre de Tahir le quedó bien porque parecía como un Tony Curtis jovencito. Era ligeramente más corto que yo, un poco más rollizo, de naturaleza alegre y con un sentido del humor penetrante. Vivió en Ilderton Road con su madre temible – al encontrarla ví por qué el imperio otomano se hizo tan poderoso. Fuimos buenos amigos y holgazaneábamos en la tienda de cuero ubicada en el mercado de King's Road que era frecuentado por punks, gays y fetichistas.
Los propietarios eran un par de teatreras que tenían cuarenta años y conocidos como Sr. y Srs. Fenner. El Sr. Fenner era masculino en el estilo gay de San Francisco: bigote, pelo corto pero saliendo del mostrador a revelar chaparreras de piel. La Sra. Fenner era una marica de mucha pluma y la primera persona que encontré que fuera 'genéticamente afeminada'. Para algunos, la vida es vivida como un esbozo de comedia prolongada del que ellos - y nosotros - son incapaces de escaparse. Sobrepeso y permanentemente sin aliento, se martirizó con la trombosis de vena profunda. La personalidad había sido rendida hace mucho tiempo al objetivo del entretenimiento público. Cada oración pronunciada comenzó y se terminó con exclamación - que es enormemente fatigoso, sobre todo para el oyente. Sin embargo, era la matriarca y consejera a los abandonados y mohicanos que no compraron nada pero se tendieron sobre la mercancía como vivas decoraciones.
Sus primeras palabras dirigidas a mí fueron:
- ¡¿por qué es tan interminable mi castigo?!
Una pregunta que prohibía contestar como claramente adoró cada minuto insoportable de ello. Sentí como si estuviera atrapado en la fila delantera del circo del miedo: hipnotizado por una cobra de la marioneta cuyos ojos no podían ser acomodados por sus cuencas.
- ¡Trombosis a mi edad! Solo tengo 35 años! Nunca sabrás la agonía! -
Hizo una pausa al susurrar a una costurera itinerante belga llamada Yvette que trabajaba detrás de una cortina pesada que la escondió de la Oficina de Extranjeros. Entonces, inclinándose a través del mostrar se me confió:
- ¡ No digas nada al Sr. Fenner pero no sé cuanto podré yo seguir así ¡ ¿puedes tú explicarme por qué es tan interminable mi castigo? -
No sé que fue del Sr. y Sra. Fenner, si fueron arrastrados por aquel contagio horrible de los años 1980 que nos robaba tantas lumbreras de la moda, o si abrieron una tienda en el Castro, no hay contestación. Lo que sé es que el mercado ya no existe. Los punks comenzaron a dispersarse antes de desaparecer totalmente, retirándose al lugar de dónde vinieron para hacer una nueva generación de padres. Aquellos que siguieron luchando la batalla se murieron de sobredosis, se quedaron calvo, o avanzaron en un medio de comunicaciónes que rápidamente globalizó el mundo.
El otoño llegó con tormentas impresionantes. De repente, las sandalias plásticas que una vez me aseguraban viaje a través de Londres se deshicieron. El primer trimestre entró en el calendario y llegó 'Disco Mysticism' en forma de canción implacable de Abba: “Dancing Queen”. “Dancing Queen” no es simplemente una canción, sino una tiranía y un implemento de tortura muy eficaz.
- Tu eres la reina del baile, joven y dulce, sólo cuarenta y seis años -
Ya comenzaba el último año escolar.”
© James Maker 2009
English version of this chapter extract available here.